Cada encuentro tiene su magia, su no sé qué, ¿viste? como rezaba la letra inmortal de Horacio Ferrer. Y Miami, nuevo centro de nuestras vidas, no es una excepción.
Decidimos junto a la familia y unos oportunos amigos, acercarnos a Prima Pasta, y lo hicimos a la hora ideal para la cena en Miami: 8.30pm.
Como es de costumbre cuando cada comensal, cada distinguido cliente ingresa, Henry el consagrado bartender, con la amabilidad que lo caracteriza, ofrece un trago de su magia personal. En este caso, junto a Juan Carlos Cangiani, se nos acercó y con la perspicacia que lo caracteriza, me ofreció un trago sin alcohol, adivinando mi gusto. Titín, probá esto!- me dijotras un guiño cómplice. Realmente (debo confesar) hacía tiempo que no saboreaba una bebida tan exquisita, incluso llegué a repetirla (y a solicitarle que me diera la combinación de tragos).
Henry continuó a nuestro lado, sosteniendo la charla, naturalmente, sin desatender a quienes lo requerían en la barra, marcando en estas acciones, su naturaleza más que profesional.
De repente, el manager se acerca y nos invita a dirigirnos a una mesa reservada con anticipación; dos eran los meseros asignados. Nos ofrecieron una entrada de calamares fritos, y variedades de pastas fue el plato principal. Cangiani y yo pedimos milanesas napolitanas con acompañante. Las charlas, de una camaradería más que ocurrente, templaron un agradable compartir. A los cuentos del “Mago” Richard, deleitándonos con sus trucos, se les sumó las historias de Cangiani como contrapunto. Fátima Flórez presente entre nosotros, nos brindó sus excelentes imitaciones.
La noche se colmó de risas y los aplausos, cautivando la atención del resto del local que se encontraba llleno (como de costumbre).
Al momento del postre, se me ocurrió preguntarle a uno de los meseros que nos asistían, si nuestra mesa era la más concurrida; habida cuenta de las 16 almas que disfrutábamos el espacio. Grata sorpresa nos llevamos al saber que era la mesa que acostumbraba a elegir la familia Messi.
Henry, nuestro bar manager único, se acercó a compartir café y charla. El momento fue inolvidable; más que agradable, como dice una vieja canción que vuelve a mi recuerdo “que no termine la noche”.
Algo inusual en la vida nocturna de Miami, pero no en “Prima Pasta”.