Algunas claves del porqué los latinos vamos a dominar el mundo

Se diga lo que se diga, al aluvión del latín style ha llegado a tantos rincones del globo que la teoría conspirativa de la dominación pasiva no deja de sorprendernos y agradarnos. Certezas, hipótesis o simplemente sueños de una comunidad creciente siempre acostumbrada a vencer a la adversidad.

Cuando vi en el menú de YouTube (tal vez el área virtual de contenidos audiovisuales más relevante del planeta) la opción reggaetón turco, me di cuenta del fenómeno: no siempre la globalidad despersonaliza culturalmente al consumidor del tercer mundo, a veces puede ser todo lo contrario. En un infinito con demandas sensoriales y aventureras, la combinación de la playa y el aguacate, para la semiótica de quienes viven la nieve, por ejemplo, puede llegar a ser un signo liberador. Es así entonces, que el sentir caribeño (primera postal latina ante el mundo) inclina la balanza no solo a que los turistas se acerquen a los paraísos latinos, sino a que adopten el animus que lo define, devenido en música, modelos estéticos y…ya tu sabes.

En tiempos de la conexión hipervincular, cualquier cosa nace casi desde lo imperceptible, y como si fuese la partícula de Ángeles y Demonios de Dan Brown, adquiere posibilidades de estallar sin control. Claramente, la penetración cultural nunca debe ser subestimada, y menos en este tiempo actual. Al igual que los géneros nacidos en las márgenes del Mississippi, conquistaron la rebeldía de la juventud hace casi setenta años (El Blues y el Rock and Roll pegaron la vuelta al mundo), hoy, el sentir latino (y naturalmente todo va más allá de lo musical), apadrinado por las pasiones a las que incita, está haciendo lo propio para lograr la inesperada soberanía cultural global.

Siempre el primer mundo se nutrió del colorido, la mano de obra, la proyección inusitada y el espíritu de eterna libertad algo savage que supone el latin style, desfachatado y feliz. Sin embargo, sin prisa pero sin pausa, los países del cono sur del mundo fuimos acaparando espacios en los gigantes nórdicos; y me permito adjetivar a estos países de esa forma, nórdicos, tal vez por la raíz sajona común, tal vez por el espíritu de conquista que recuerda por igual a los vikings y a los grandes imperios del ayer. Erguidos y entronizados, los gigantes de banderas épicas (entre los que está naturalmente Estados Unidos) han asumido el lugar de paradigma de la evolución social y la lejanía de la barbarie. Y esa condición (autoimpuesta con éxito) ha detentado la primera soberanía cultural sobre todo lo que se mueve.

Cientos de ejemplos se me ocurren al respecto; y créanme que no estoy apelando a mi condición de periodista de arte y espectáculos, las denominaciones y los signos en el lenguaje (esa maravillosa semiótica que siempre opera desde la aparente ausencia) habla por sí sola. Una de las denominaciones del presidente de los Estados Unidos es “Líder del Mundo Libre”, y si bien recuerdo la calificación al referirse al ficticio Fitzgerald Grant (icónico papel del actor Tony Goldwyn en el memorable political thriller de la cadena ABC, Scandal), también recuerdo a una periodista ecuatoriana, utilizar la frase para definir a Joe Biden, en el marco de su triunfo electoral.

En el memorable “USA for Africa”, Bruce Springsteen irrumpe con su ronquera característica en el segundo estribillo con, tal vez, el mejor pasaje de letra que Michael Jackson y Lionel Ritchie pergeñaron juntos: “We are the World, we are the children…” y queda claro que no sólo es una expresión simbólica, sino una concreta declaración de soberanía y autoridad del país de las franjas y estrellas.

En el Viejo Mundo, puntualmente en Suiza, los hombres y mujeres que pueblan sus calles, se conciben como ejemplo de democracia perfecta, y piensan que la Confederación Helvética es el modelo democrático único. Al hacerlo, mirándose únicamente a sí mismos (o tal vez sólo a la tradición) no toman en cuenta los miles de inmigrantes que, con su mano de obra, presencia continua y raíces penetrando en la tierra, también hacen que ese sistema siga funcionando. La pregunta es ¿será cómo piensan los nativos? ¿O tal vez cierta variación de fondo y forma esté trazando un nuevo modelo territorial que aún no han notado? Como sea, la globalización ya llegó, y nadie es definitivamente de un lado; todos somos parte de todos, a pesar de las contingencias y leyes que, a la par de los tiempos, van modificándose.

Lo concreto es que el aluvión de cultura pop latina se impone en el globo, pero no desde ahora. Ya en 1988, cuando Neil Tennant y Chris Lowe de Pet Shop Boys pergeñaron el tema Domino Dancing, no solo recurrieron a una playa caribeña para el video; el lead sound del single, la secuencia de piano, está inspirada en la mecánica estética del mambo, en el repiqueteo latino que, por esos tiempos, también la cubana Gloria Stefan y el inolvidable Matt Bianco, detentaban (sólo por nombrar algunos referentes). Ni hablar de Madonna, con La Isla Bonita y todo un abordaje desde tiempo atrás del hit referido y por mucho tiempo más (la respuesta del estribillo de Who´s that girl es en español, como un ejemplo puntual).

Latinoamérica desde la distancia en el ayer, rubricada por artistas no latinos, ¿Cómo no va a ser hoy, más de treinta años después, una tendencia más que creciente, y ya instalada?

Además, no puedo dejar de trazar un paralelo con una icónica movie; la querida (y para mi mejor de la saga) Rocky III. Definitivamente nos pienso a los latinos como Rocky y a los países del primer mundo, como Clubber Lang (memorable y áspero papel de Mister T). Para cuando Mickey, el entrenador interpretado por el inmortal Burguess Meredith, le decía al emblemático personaje de Silvester Stallone, que todo luchador debe tener Ojo de Tigre (de allí el exitoso hit de la agrupación Survivor) se avivaba en el alma del luchador, un fuego muy especial, con el que terminaba triunfando sobre el temible luchador de la cresta.

Así somos los nacidos sobre o debajo del Trópico de Cáncer, ávidos para la conquista de nuestros sueños, dueños de un destino inconmensurable que nos hace grandes, especiales y luchadores hasta el final.

¿Qué les parece? ¿Dominamos el mundo juntos?

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